Adoptar un perro: la decisión que me devolvió la vida tras quedarme sola

No es fácil contar estas cosas, pero creo que a mucha gente le puede venir si está pasando por mi situación. Cuando enviudé, mi vida se quedó vacía. Había pasado más de treinta años compartiendo mi día a día con la misma persona, y de pronto la casa se volvió demasiado grande y las horas demasiado largas. Son frases ñoñas, pero que cuando pasas por ello, te das cuenta de que es así.

Tengo que reconocer que tuve mucha suerte con mi marido, lejos de lo que se ve ahora, que cada vez aumentan más los divorcios. Con él lo aprendí todo. Él me enseñó todo, menos una cosa. A vivir sin él. Qué pena.

Encima no tengo hijos, y tras la muerte de mi marido esa ausencia se hizo todavía más grande. No había llamadas al salir del trabajo, ni alguien con quien comentar una noticia, ni una voz que me preguntara cómo había ido el día. Solo estaba yo, bueno, y todos los recuerdos, porque encima soy de esas personas que viven de la nostalgia.

Durante meses apenas salía. Dormía mal, comía peor y me movía por inercia. La idea de adoptar un perro no surgió de golpe. Fue una sugerencia que me hacían muchas personas. Una vecina que había pasado por lo mismo, mi hermana que vivía a 500 kilómetros de distancia, incluso mi médica de cabecera. Eso sí, nunca pensé en comprar uno, creo que no es humano, lo mejor es adoptar.

He de reconocer que yo siempre había sido amante de los animales, pero nunca pensé en adoptar uno, no me veía preparada porque creo que eso tiene una gran carga de responsabilidad. Sin embargo, un día, casi sin pensarlo demasiado, entré en un refugio. Allí me encontré con un perro mestizo. No fue un flechazo, como pasa en las películas, pero creo que con la mirada nos lo dijimos todo.

Desde el primer día, mi rutina cambió. Ya no podía quedarme en la cama hasta tarde, porque él necesitaba salir. Al principio lo hacía casi por obligación, pero poco a poco esos paseos se convirtieron en el eje de mis días. Salimos por la mañana temprano, cuando la ciudad todavía bosteza, y caminamos sin prisa. Yo respiro aire fresco, él olisquea cada esquina. Ese simple gesto, caminar a diario, me devolvió algo que había perdido: el contacto con el exterior.

Beneficios para la salud

Con el tiempo empecé a notar cambios en mi salud. Así empecé a dormir mejor, tenía hambre  y vi la luz al final del túnel. Está demostrado que tener un perro reduce el estrés, baja la presión arterial y ayuda a combatir la depresión y la ansiedad. La verdad es que me vino muy bien, aunque me sigo acordando de mi marido todos los días.

El ejercicio moderado y constante, como los paseos diarios, mejora la salud cardiovascular y mantiene las articulaciones activas, algo especialmente importante a mi edad. Además, el simple hecho de acariciarlo libera oxitocina, la llamada hormona del bienestar.

Mi día a día ahora es sencillo, pero pleno. Después del paseo de la mañana, desayunamos juntos, cada uno a su manera. Yo leo un rato o hago recados, y él siempre está cerca, como una presencia silenciosa pero reconfortante. A mediodía volvemos a salir, y por la tarde damos un paseo más largo.

Gracias a él he conocido a otras personas del barrio. Se crean conversaciones espontáneas entre dueños de perros, saludos diarios que rompen la sensación de invisibilidad que tanto me pesaba.

Como cualquier miembro de la familia, mi perro también tiene sus cuidados. Al igual que yo voy a la peluquería, él va a la peluquería canina Rechulos.

Es un ritual que nos hace gracia y que es una gozada. Yo me arreglo el pelo y él sale limpio y perfumado, moviendo la cola orgulloso. También vamos al veterinario con regularidad, para sus vacunas y revisiones. Cuidarlo me ha devuelto el sentido de responsabilidad y de utilidad, algo que había perdido tras enviudar.

No voy a decir que adoptar un perro borró mi tristeza ni que dejó de doler la ausencia de mi marido porque el duelo sigue ahí, pero ya no me paraliza.

Ahora tengo a alguien que me espera, que depende de mí y que me ofrece un cariño sincero, sin palabras ni condiciones. En los días difíciles, su compañía es un ancla; en los buenos, un motivo más para sonreír. No quiero decir que he humanizado a mi perro, que eso tampoco me gusta.

Mirando atrás, puedo decir sin dudarlo que adoptar a mi perro fue lo mejor que me pudo pasar después de enviudar. No reemplazó a nadie, pero llenó espacios que estaban vacíos. Me devolvió la rutina, el movimiento, el contacto humano y, sobre todo, la sensación de no estar sola.

 

Scroll al inicio